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“No puede existir una escritora sin una lectora”

Un estudio de grabación es un lugar donde se produce música y se hace un arte que cautiva. Pero hay otro tipo de “estudio”, donde se crean cosas un tanto diferentes. Es el lugar donde se lee y se interpretan textos, se los relee y se los mira por todos lados para encontrarle la vuelta que nadie encontró. Es el café literario que se realiza en el “estudio” de Natalia Massei. Pero esa es solo una faceta de su vida, además de ser escritora, cuentista y poetisa. Se puede hallar en sus textos “mucha materia prima” de su vida, relatos que por momentos refieren a una autobiografía ficcional, que toma personajes reales pero que los hace vivir de otra manera. Cada historia viene de la “intuición”, hay una “fibra interna que mueve algo” dentro suyo.
Mira hacia todos lados y no elige ninguno cuando habla, a uno le parecerían nervios, pero no. Es esa mirada que determina la curiosidad. Es inquieta. Desde que llegó busca un lugar para dejar su mochila, y es rápidamente amable con el periodista. “Escribir lo hago desde siempre”, dice Natalia. Habla del “juego” de cuando era chica y relaciona a esa potencial escritora con la que es hoy. Lo hace afirmando que “uno no decide ser escritor”, es algo que surge, algo que en el tiempo se forma y sucede cuando se está convencido.
Decide tomar té antes que un mate, se sienta en la punta de la mesa y prepara la infusión. Habla sobre otras cosas, pregunta sobre algunas, se interesa y presta atención. Sabe indagar en el otro, y decide poner la luz en un lugar distinto cuando se trata de hablar de su vida.

¿Desde cuándo hablás francés?

Hace mucho. Empecé a estudiar francés en la escuela primaria, en el Normal 1, un colegio público, que se especializa en lenguas vivas. Ahí fue desde el primer grado, no hablaba ya el idioma, es cuando lo comencé a estudiar. Toda la secundaria también. Fui a la Alianza Francesa, ahí profundicé la relación con el idioma. Y después comencé el profesorado.

¿Cómo elegiste el idioma francés para que todavía sea parte de tu vida?

Primero, soy profesora de francés, me dedico a eso. Pero, algo me gustaba. En el momento en que lo elegí fue cuando terminé la secundaria. Empecé a estudiar dos carreras, Ciencia Política, en la UNR, y el Profesorado de Francés. Lo inicié porque me gustaba mucho la lengua y su estudio. Había terminado en la Alianza y fue más que nada para profundizar en eso. Llegado al segundo o tercer año de las carreras, se fue cerrando un poco mi decisión y me gustó la carrera docente. Además, en el medio, me gané una beca para ir a Francia y eso fue lo que me terminó de convencer. También, me desenganché de Ciencia Política, no veía qué iba a hacer con eso.

¿Cuándo surge el café literario?

Empezó en el 2008, hace bastante. Fue como para probar algo distinto. Me gustaba mucho leer y escribir. Era una búsqueda de unir las cosas que hago. Si bien enseñar una lengua es estudiar el lenguaje, no existe la cuestión literaria. Entonces, me pareció que estaba bueno esto de juntar el tiempo de trabajo con el de lectura. Básicamente, el café literario se trata de eso, de conversar sobre las lecturas, en francés en este caso. Fue inventarme un trabajo en el cual hago algo que me encanta, que se diferencia del otro que es la escritura.

¿La literatura francesa influye en vos a la hora de escribir? ¿Existe algún escritor francés al que te referencies?

Sí, seguro. Leo mucha literatura francesa. Yo creo que todo lo que uno lee, siendo escritor, lo nutre. No quiere decir que vas a escribir de ese modo pero por algún lado te alimenta. Hay muchos autores que me marcaron mucho e hicieron que surja mi amor por la lectura. Por ejemplo, Albert Camus, que lo leí en la secundaria, era chica y fue como empezar a descubrir un mundo distinto. Ese autor para mí es una inspiración. Después, hay muchos escritores franceses que me gustan. Hay una escritora que me atrae mucho, Marguerite Duras.

¿Cuándo empezaste a sentirte escritora?

Escribir lo hago de siempre. Desde chiquita “jugaba” a escribir. En la adolescencia empecé a ir a talleres literarios. Y diría que eso sucede ya cuando era adulta, en uno que daba Marcelo Scalona. Iba a su taller, pasados mis treinta años y ahí se dió esa convicción. De ese lugar salieron muchos textos míos que se fueron publicando en el tiempo en Rosario/12. Entonces, eso fue como la primera vez que escribía públicamente. Eso sucedió ahí, motivado por ese taller y a partir de textos que había hecho ahí. La convicción surge en ese momento. Hay muchas formas de encarar talleres literarios, algunos tienen que ver con motivar la inspiración, otros con corregir, algunos de leer o disparar técnicas de escritura. El taller de Marcelo Scalona está pensado de una forma muy estructurada, con la idea de formar escritores y tiene esa premisa. Uno no dice voy a ser escritor, tal vez haya alguno que lo decida así, es un poco utópico. Esto uno lo puede desear íntimamente pero después algo te tiene que motivar. Eso no significa que la escritura sea mi profesión.

Varios escritores hablan de la hora en que se sientan a escribir, algunos hablan de ritual y otros de sentarse y solo empezar. ¿En tu caso cómo es?

Me siento y me pongo a escribir. A veces un poquito las dos cosas. Pero escribo en cualquier lado, en cualquier bache que tengo. Si estoy con más tiempo o cuando me pongo a corregir, sí, me gusta tener mi estudio ordenado, poner un sahumerio, a veces escuchar música o tomar algo.

¿Escribís en papel o computadora?

Más en computadora. Escribo en papel cuando quiero tomar nota, cuando no estoy en mi casa o no estoy con el aparato. El momento para sentarme a escribir es en la compu.

¿Le das importancia a la tipografía y a esos elementos?

Si, para mí todo lo que tiene que ver con lo paratextual es muy importante. La tipografía, los espacios, tienen mucho que ver. Me gusta separar los párrafos, trabajo mucho recortando partes o cambiandolas de lugar. El papel es un tachón tras otro para hacer nuevas escrituras, en cambio la computadora te da esa posibilidad de dinamismo.

A la hora de escribir un cuento ¿tenés inspiraciones o te sentás a pensar el cuento?

A veces tengo ganas de escribir, no sé qué es y lo hago. Pero soy más de que me siento porque tengo algo para escribir, nunca me siento a esperar que aparezca algo. Hay algunos escritores de oficio que sí hacen eso. Pero por ejemplo, cuando tengo textos que corregir y están en proceso me siento a hacerlo. Igualmente, aunque sea algo ínfimo siempre tengo algo para escribir.

¿No te considerás escritora de oficio entonces?

Me considero de oficio, pero no todo mi tiempo está consagrado a eso. No soy de esos escritores que viven del cien por ciento del ser escritor. Como uno tiene una jornada laboral, estos se ponen en frente de la computadora y escriben. Yo los tiempos los alterno, no soy de tiempo completo pero sí de oficio, creo que la escritura se va formando con eso.

En tus cuentos hablás de experiencias que parecen personales, tal vez lo sean, y casi toman un tono autobiográfico. ¿Ocurre así?

Hay mucho del material sobre el que escribo que parte de experiencias o vivencias, de cosas que me pasaron o me han contado. Pero luego eso no está trasladado de forma exacta y precisa. Lo que escribo no es autobiográfico. Sí, hay mucha materia prima que tiene que ver con mi vida. Luego esos personajes que construyo, con una base personal, le pasan otras cosas y las viven de otra manera. A veces, es un disparador, otras no, en ocasiones está todo mezclado. Cuando el lector lo lee puede suponer que eso me pasó a mí y está bien porque, además, uso mucho la primera persona. Eso, igualmente, es algo que voy variando. Es divertido en algún punto ya que todo eso es una ficción que puede estar basada en hechos reales o no.

 

¿Cómo seleccionas qué contar?

Un poco por intuición o porque me engancha. Algo mueve una fibra interna y ahí hay una punta de un texto. Simplemente así.

Y esto de hablar de personajes de tu vida, ¿a qué viene?

Creo que de la propia experiencia, uno tiene un conocimiento más profundo. Puede ahondar en cuestiones que, no solo conocés bien, sino de las que podés dar cuenta de un lado más complejo.

En 2013 ganaste una mención, ¿pensás que eso te legitimó como escritora?

Eso tiene que ver con cómo uno se va construyendo como escritor. Creo que esas cuestiones de cuando uno está escribiendo, publicando y buscando que a uno lo lean, forman parte de ese camino, de la legitimación . Pensando en el sistema literario y el las lógicas de la aprobación de un escritor, sin dudas que esas cosa lo son, pero como respuesta externa. Si yo me sentí legitimada, la verdad, que no me lo había preguntado. Sí, es algo que abona a tu imagen exterior.

¿Por qué elegiste el nombre “Maraña” para tu libro?

“Maraña” es el nombre de uno de los cuentos y en ése hace una mención en particular a los mapas de las redes de metro, se refiere a Madrid. Que esas redes parecen una maraña, algo medio indiscernible. Y a partir de esa metáfora, de puntos que se entrecruzan y se confunden, se enredan, termina en una maraña en definitiva. Lo pensé como un hilo conductor de todo el libro, en el que hay distintas historias. Algunas tienen personajes en común, otras no, pero todas tienen que ver con situaciones ordinarias y cotidianas. En todas aparece algo profundo, que se manifiestan en cosas simples. Entonces, el libro representa eso, son historias parecidas pero que se confunden. Si uno se pone a desentrañar, están separadas.

Cuando escribís, ¿querés transmitir algo? ¿Qué es? ¿Sentís que lográs hacer llegar eso al lector?

Cuando empiezo a trabajar en un texto lo voy depurando. Al principio aparece un impulso que lo motiva y a medida que va creciendo se purifica. Comienzo a ver de un modo más racional qué es lo que yo quiero de ese texto. No es transmitir un mensaje, de hecho, trato de alejarme bastante de eso, pero sí expresar qué se está contando. Eso puede ser el miedo o la decepción de un personaje. Algo que parece una pavada pero que en el fondo es una cosa muy densa. Si siento que logré eso que deseo hacer llegar al lector, quiere decir que termine el texto.

¿Tenés relación con los lectores?

Si, está bueno. Es eventual y azaroso. Muchos de tus lectores son gente que te conoce u otros escritores, ahí hay un intercambio más fluido, pero al mismo tiempo son personas con las que uno tiene un vínculo, no es un lector puro. El que agarra el texto, te lee y no te conoce, ese sí lo es, es más raro y eventual. Con las redes se ha permitido que tengamos ese intercambio de una manera más dinámica.

Si te comentan sobre qué interpretaron de tus cuentos, ¿necesitás decirles qué quisiste transmitir o lo dejas a libre comprensión?

Lo dejo totalmente a libre interpretación. Nunca me pasó, igualmente, de encontrarme con alguien que diga todo lo contrario a lo que yo quise decir. Creo que uno debe relajarse y soltar el texto, porque uno no debe hacerse cargo de lo que el otro entiende. Lo que hace es ya una lectura y una construcción suya. Me parece que está buenísimo que los textos tengan vida propia, que se abran a algo que uno no imaginó.

¿Cómo sos como lectora?

Soy muy lectora. Leo bastante en clave de escritora. Cuando estoy leyendo, aunque sea por gusto, siempre estoy viendo la estructura del texto, no de una manera racional pero me gusta leer en ese plano. Me fascino mucho con las estructuras de los textos. Soy muy desordenada también, leo muchas cosas a la vez. Si algo no me gusta, no lo termino. A veces uno tiene ese culpa de que si empieza algo lo tiene que finalizar, eso no lo tengo. En ocasiones, pruebo y salteo partes y capaz me engancho. Me gusta mucho releer, además por el trabajo lo hago bastante, al enseñar literatura hay textos que los leo más de una vez. Siento que la lectura no depende solo del texto y del lector, sino también de las circunstancias, se lo puede leer desde distintos lugares.

¿Te acordás qué leías cuando eras chica?

Sí. Leía las colecciones de Billiken, la línea de libros infantil juvenil, eran de tapa dura. Eran muy clásicos, de aventura más que nada, por ejemplo Moby Dick, Mujercitas y otros. Pero eran novelas del siglo XIX o principios del siglo XX. En realidad, no fueron necesariamente escritas para un público infantil, imagino que eran versiones adaptadas, además de traducidas. Me acuerdo de ésas, también la de Oliver Twist, la de un niño huérfano en Inglaterra, terrible historia. Después, me gustaba mucho y divertía una serie de libros que se llamaban “Elige tu propia aventura”. Tenían distintos finales según lo que iba pasando, vos como lector decidias qué le pasaba al personaje. Eso era una idea re moderna, en ese momento, el lector participaba en la historia. En mi casa no había muchos libros y eso me generaba mucho deseo y curiosidad, ahí empecé a pedir. De adolescente empecé a sacar de la biblioteca. Me acuerdo, incluso, de un libro de textos que tenía mi mamá de la secundaria y lo leía, no sé qué entendía, pero me encantaba.

¿Releíste aquellas novelas y cuentos?

No, a lo mejor algún pedacito, pero nunca volví a ellos. Lo que releo tiene que ver con lo que estoy trabajando o escribiendo. Uno siempre siente que el tiempo de lectura es poco, así que eso quedó. A lo mejor lo releo con mis hijas, por ejemplo “Alicia en el País de las Maravillas”.

¿Qué leés ahora?

Leo de todo. Mucha poesía, me gusta mucho. Trato de leer autores de Rosario. En los últimos 20 años hay un movimiento literario muy importante acá. Antes estaba todo muy centrado, los medios, las imprentas y toda esa cuestión tecnológica estaba muy centralizada. En cambio, ahora, todos los avances que hubo dan muchas posibilidades a las editoriales pequeñas. Tengo épocas de lecturas. Los clásicos me gustan mucho, vuelvo mucho a ellos por el trabajo. El realismo del siglo XIX, me encanta. Ya pasó, pero hay unas matrices ahí que me interesan mucho. He leído mucho a Rodolfo Fogwill, por ejemplo. También me gusta mucho la ciencia ficción, Ursula K. Le Guin. Me agradan bastante los autores francófonos, no netamente franceses, toda la literatura de las antiguas colonias me parece muy interesante. Literatura contemporánea argentina, ahora estoy leyendo muchas autoras. Hay una camada muy potente, como María Moreno o Gabriela Cabezón Cámara.

¿Cómo es la relación entre Natalia escritora y Natalia lectora?

No puede existir una sin la otra. Es una relación totalmente fluida. Siempre que estoy escribiendo algo, al mismo tiempo, estoy leyendo aunque no tenga nada que ver con lo que escribo. La lectura alimenta la escritura. En general, los escritores suelen ser lectores, hay una retroalimentación. Uno puede escribir de una forma intuitiva, pero como en todo oficio hay una serie de recursos que vos tenes que ir aprendiendo. Salvo que sea un caso súper excepcional, una rareza. Acá la herramienta es la lengua, los efectos literarios requieren aprenderla, y se lo hace leyendo. A uno le pueden enseñar técnicas, pero más que nada es la lectura, es donde se te abren distintos modelos y matrices.

¿Seguís abordando esta temática de las experiencias personales o estas buscando algo distinto en los cuentos que escribís hoy?

Por un lado, el año pasado estuve trabajando en un libro de poemas que salió publicado, que no tienen que ver con esta temática. Eran poemas más de la imaginación, no tenían un universo determinado. Traté de correrme de todo eso para hacer algo distinto. Los cuentos que estoy haciendo ahora, retrabajando en realidad, tienen que ver con la memoria. En cómo va reescribiendo la realidad, qué es eso y cómo uno la recuerda y la reprocesa.

¿Como es tu relación con Rosario?

Me encanta vivir en Rosario. Es una ciudad que tiene una vida artística y cultural muy rica. Hay mucha gente que siente que todo se concentra en Buenos Aires y que en el resto de las grandes ciudades de la Argentina no termina de pasar nada. Por el contrario, para mí se potencian más, hay un mundo cultural que tiene vida propia. Antes la idea era tener que llega a capital, eso ahora no sucede más en el ámbito cultural. Me encanta el río, es algo que me fascina, este libro de poemas ultimo tiene que ver con eso. Es una característica de la ciudad que te da un descanso, eso me gusta mucho.

¿Hubo una inserción mayor de la mujer en el mundo literario?, enfocándonos en Rosario.

Creo que eso es relativo y progresivo. En este momento estamos en una nueva bisagra del feminismo, está teniendo una potencia renovada que se ve en todos los ámbitos. En los espacios “instituidos” estos cambios no se ven de manera profunda. Hay muchas cuestiones que son estructurales y que atraviesan a cualquier oficio, no solo a la escritura. Por ejemplo, el tema de las cuestiones domésticas o maternales, esas siguen pesando más fuertemente en las mujeres que en los hombres. Ahí hay un punto de partida desigual, esos hombres dedican muchas más horas al dia y tienen una libertad de movimiento mucho más grande a la escritura que las mujeres. Para ir a una presentación de un libro o sentarse a escribir, tienen que pensar qué hacen con los chicos. Es relativo, pero por otro lugar hay una organización colectiva y una toma de conciencia. Eso hace que por un lado, se intente que siempre haya una mujer, como en cuestiones más públicas. Y por otro, una transformación íntima y personal que hace que las mujeres empiecen a apropiarse de espacios nuevos, a organizarse en colectivos de escritoras. Personalmente yo con amigas escritoras de Rosario nos juntamos y empezamos a pensar cosas juntas, a ver que no hay que esperar a que te convoquen sino a crear espacios propios.

¿Cómo es tu relación con el movimiento?

El movimiento feminista en este momento tiene mil espacios posibles de participación. Yo no estoy en ninguna agrupación feminista de manera orgánica, pero sí me considero una militante feminista. Trato que mi vida esté atravesada por eso, entonces en mis clases eso está. Esto que contaba antes, por un lado hay un colectivo de escritoras en la que participo, pero no estoy formando parte orgánicamente, estoy ahí acompañando y apoyando. Es un proceso muy emergente.

Vuelvo a tus cuentos, hay personajes y momentos que vos nombrás, por ejemplo: tu infancia.

Fue un infancia linda. Tengo dos hermanos, con ellos me acuerdo mucho de los juegos, del patio de mi casa y de inventar historias. Era otro momento, no había cuestiones tecnológicas, entonces era mucho jugar en casa y en la vereda con los vecinos. Fue una infancia sencilla, sin ningún lujo.

Tus viajes.

Son experiencias de otra edad. Te sitúan frente a lo desconocido, a lo diferente y son momentos de mucho aprendizaje. Además, son instantes de inspiración porque generan muchas sensaciones. Cuando uno tiene estas posibilidades de encontrarse en un lugar distinto es inmenso.

El barrio donde creciste.

Yo viví durante toda mi infancia y adolescencia en la misma casa. Viví ahí hasta los veintipico. Así que, hubo una gran estabilidad. El barrio es en la zona centro de Rosario, cerca de la Plaza Libertad, iba mucho ahí de chica. Tenía mucha dinámica de vida de barrio, aunque estaba en el centro, se podía salir a la calle, ahora ya no se puede.

Tus hermanos.

Tengo dos mas chicos, pero con el del medio sobre todo jugaba mucho. Con el más chico me llevo 6 años, no es gran diferencia, pero en la infancia se nota más. Los recuerdo mucho en los juegos a ellos, no comparto esto de la cuestión literaria. Cada uno luego siguió su camino.

Tus hijas.

Tengo dos. La maternidad es una gran experiencia. Creo que probablemente, en mucho de mis textos hay mucho de eso. Es una experiencia en la que pasas por mil estados distintos, contradictorios y hay una intensidad total.

Tus padres.

Muy amorosos. Las cuestiones literarias no fue algo que mamé de ellos, sino que a medida que yo las fui desarrollando comenzaron a interesarse. También, valoro mucho que aunque sea por gustos o prioridades diferentes siempre me han acompañado mucho en lo que yo quería hacer. Me dieron mucha libertad, mucho cuidado también. Fueron grandes posibilitadores.

 

Por: Francisco Quatrin, Cecilia Maltisotto y Gerónimo González Zeballos

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